Telde - Etnografía

Las infraestructuras relacionadas con la caña de azúcar y las obras hidráulicas conforman el interesante patrimonio etnográfico que se conserva en Telde, en el que destaca, entre otras,la heredad de aguas de la Vega Mayor.

 

Acueducto de San José de La Longueras

Las dificultades orográficas de Gran Canaria no fueron impedimento para llevar el agua desde los nacimientos hasta los terrenos de cultivo para lo que se emplearon, en los casos necesarios, túneles y acueductos de diferente naturaleza. En esta comarca aún se conservan 16 acueductos para salvar el cauce de los barrancos.  Algunos se conservan todavía activos, como el interesantísimo Acueducto de Tara, de 4 arcos, que data del siglo XVIII ubicado en el fondo del barranco de La Cantera en su unión con el barranco real.

En Telde tenemos el Acueducto de San Francisco del siglo XIX, ubicado en su conjunto patrimonial protegido. El Acueducto de San José de Las Longueras es uno de los más importantes, por su valor arquitectónico y facilidad de acceso, dentro de un conjunto hidráulico cercano integrado por la Acequia Real y sus lavaderos y, que además, fue diseñado por el ingeniero teldense don Juan León y Castillo. Se trata de uno de los acueductos de mayores dimensiones de la Isla, en obra de fábrica con mampostería, cantería de colores cálidos claros y dovelas de barro cocido donde, por su cromatismo, resaltan los cuatro arcos apuntalados y los pilares.

La heredad de aguas de la Vega Mayor

Es una de las heredades de aguas más antigua e importante de Canarias, con un interesante fondo documental no sólo de temas históricos-administrativos sino desde el punto de vista social y etnográfico para reconstruir infraestructuras hidráulicas, gestión y usos tradicionales del agua, toponimia antigua, etcétera. Y, además, mantiene un importante patrimonio hidráulico histórico y diferentes aspectos de la cultura del agua.

Nació, como todas las antiguas heredades, en el marco de los primeros repartimientos de tierras y aguas, tras la Conquista, donde un concejo de vecinos y regantes regulaba la distribución de las aguas que venían desde la cumbre para irrigar las tierras de La Vega Mayor. Tras la redacción de las Ordenanzas del Consejo de Gran Canaria, en 1531, donde se institucionalizó la figura de los alcaldes de aguas y sus funciones, se debió regular este heredamiento de Telde. Y a mediados del siglo XVI ya constan documentos referidos al estanque y al repartidor de agua del Concejo de esta ciudad (el ranchero).

A lo largo de los siglos siguientes, la Heredad se rigió por normas consuetudinarias enmarcadas dentro de las referidas ordenanzas municipales del Cabildo. Al frente se hallaba pues el Alcalde de Aguas, cargo sustituido tras las reformas liberales de 1838 por el Alcalde Constitucional que cumplía los acuerdos que por mayoría designaban los herederos. A raíz de las leyes de aguas de 1866 y 1879 y el Código Civil de 1889, la Heredad se transforma, como las demás, en Comunidad de Regantes de la Vega Mayor de Telde, lo que le da una nueva estructura administrativa.

El caudal de la gruesa de las aguas de esta heredad lo formaban las aguas manantes y pluviales que nacían en la parte alta de la cuenca, en el municipio de Valsequillo, lo que ocasionó eternos conflictos que influyeron en la segregación de esta jurisdicción, a principios del siglo XIX. A estas aguas se iban sumando otras fuentes y minas que barranco abajo llegaban hasta La Vega Mayor; aguas que movían doce molinos harineros. Los restantes bienes etnográficos y patrimoniales de la Heredad, como aún se la conoce, son la Casa de la Heredad junto al Estanque de El Conde, en San Juan y La Acequia Real, unas 25 cantoneras, entre las que destacan el conjunto de cantoneras del reparto en San Juan, justo al lado de la sede, que lleva 13 unidades y la cantonera de Los Picachos que se halla dentro de un macroconjunto de repartidores y canalizaciones de otras propiedades de alto valor etnográfico.

La Noria de Jinámar

Este Bien de Interés Cultural es visible desde la Autopista del Sur, GC-1. Se trata de un curioso malacate instalado hacia 1850 por don Agustín del Castillo y Bethencourt, IV Conde de la Vega Grande, en su hacienda de Jinámar, donde llevó a cabo gran parte de sus experiencias agronómicas e hidráulicas.

Estamos ante el ingenio hidráulico histórico para extracción de agua de pozos más importante de Canarias. Consta de cinco elementos bien definidos: el pozo (13,9 m de profundidad y 6 m de diámetro y 2 kilométricas galerías), las obras de fábrica (una torre en mampostería ordinaria y cantería azul cubierta de un armazón de madera y las dependencias anexas), el mecanismo de elevación de las aguas situado dentro de la torre y el pozo (malacate, cigüeñales, varillas, bombas de pistón y tuberías), el estanque regulador también anexo a la obra de fábrica y las canalizaciones que alcanzaban el fértil valle de Jinámar.

Sobre el pozo, a partir del brocal, se levanta la obra de fábrica. Es una torre curiosísima, de bella arquitectura, que alcanza unos 18 metros de altura. Presenta una sección circular interior con ocho vértices exteriores que se corresponden con la base de unas columnas unidas en el techo de la obra por arcos de medio punto, a modo de contrafuertes. Estas columnas exteriores no sólo sostienen a toda la obra sino que soportan la plataforma del techo, de base octogonal, por donde circulaban las bestias que accionaban el malacate. Y junto a la torre están unas dependencias anexas que debieron ampliarse posteriormente cuando el malacate-noria fue sustituido por sucesivos motores térmicos.

El artilugio antiguo de La Noria, que aún subsiste en su mayor parte, es el mencionado malacate y árbol-cigüeñales, ubicado en la plataforma del techo de la torre. Este malacate se movía a través de cuatro palancas en cruz, impulsadas por la fuerza de cuatro potentes bueyes. Con este movimiento circular se accionaba, mediante árboles y ruedas engranadas de desmultiplicación, a los tres cigüeñales construidos en una misma barra de hierro. En estos cigüeñales se acoplaban los respectivos vástagos o varillas que bajaban hasta el fondo del pozo y que con su movimiento lineal de sube y baja tiraban de su correspondiente bomba de pistón.

A finales del siglo XIX se colocó un segundo cuerpo de bombas accionado primero por una máquina de vapor y luego por un motor de gas pobre. El sistema se perfeccionó en 1932-1936 con un nuevo cuerpo de bombas accionado por un motor diésel marca Tangye de 73 CV.

Las minas del barranco

Las minas son una especie de trincheras cubiertas que atraviesan diagonalmente los barrancos para captar sus aguas subálveas. Por tanto, tienen un trayecto subterráneo de filtración bajo el barranco, que por tramos, si la mina es larga, lleva unos respiraderos o campanas, y una acequia de evacuación del agua que la conduce hasta el estanque regulador. En los cinco kilómetros comprendidos entre el Puente de los Siete Ojos y la desembocadura del barranco Real, se hallan las cuatro minas más antiguas de Canarias, de los siglos XVI y XVII.

De abajo hacia arriba están las minas de La Pardilla, El Acebuche, Zamora y El Alcaravanal o de El Cascajo, sólo visibles por sus campanas. Cerca de la ciudad se encuentran las minas de La Fuente y de La Placetilla. Más al Norte están las de La Matanza y la de Balboa o El Cortijo de San Ignacio, esta última construida por los jesuitas en el siglo XVII, pese a los problemas posteriores con los propietarios de las minas de abajo, cuya acequia llegaba hasta un estanque situado por debajo de El Puente. Hacia el interior de la cuenca se hallaban otras más: una por el barranco de Las Goteras, La Mina de Higuera Canaria; la siguiente, aguas arriba del Barranco Real, conocida como La Mina del Mayorazgo, a las que se unen las dos del barranco de El Valle de Los Nueve, la de La Nuecilla y la trazada en el barranco de Cáceres.


Imágenes

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