Moya

Moya, municipio de disposición escalonada desde la costa hasta la cumbre, está emplazada en lo que hasta la conquista fue la conocía como "Selva de Doramas", frondoso bosque relacionado con este caudillo aborigen. El azúcar fue el motor de su temprano desarrollo, aunque éste quedó estancado por la crisis del producto a partir de mediados del siglo XVI.

La recuperación llegó con los cultivos de cereales, viña, la papa y el millo, permitiendo el desarrollo de las medianías bajas y altas, con la evolución de varios pagos como Fontanales, Cabo Verde, Los Dragos, La Costa, Azuaje y Lomo Blanco, entre otros, así como el desarrollo de arquitecturas hidráulicas, que hoy conforman su patrimonio etnográfico.

La villa  se asienta junto al profundo barranco de su nombre y su principal monumento arquitectónico  es la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, aunque también es de destacar el museo dedicado al poeta modernista Tomás Morales, el exponente de su patrimonio arqueológico  es el yacimiento de La Montañeta, ejemplo de hábitat troglodita.

La villa cuenta con una de las parroquias más antiguas de Gran Canaria, perteneciente a la segunda generación de fundaciones, que se corresponden a las efectuadas por el obispo Fernando Vázquez de Arce en sus sinodales de 1515. En esa fecha fue creado el curato de Nuestra Señora de la Candelaria, con la obligación que acudiesen allí los feligreses de los ingenios de la zona, entre ellos el del Barranco de Guadalupe.

En la  zona intermedia de la jurisdicción, estaba la Villa de Moya con la cabecera del curato, en posición de ruta de costa a cumbre y en la  parte más alta se localizó la pedanía de Fontanales, con el núcleo homónimo que sería el segundo más destacado del término. Allí, Juan Mateo Trujillo,  importante propietario de la zona, construyó la ermita dedicada a San Bartolomé Apóstol, hacia 1635. Existió otra ermita en la zona de la costa, dedicada a San Lorenzo, en Los Charcones, hoy desaparecida.

El edificio antiguo de la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria desapareció y el actual es un inmueble contemporáneo, inaugurado en 1957, que recrea estilos medievalistas con elementos regionalistas. Su interior conserva varias imágenes de interés, destacando la talla (que se expone sobrevestida) de la Virgen de la Candelaria, del siglo XVI. El casco urbano contiene  otros inmuebles interesantes, entre los que destaca el  Museo de Tomás Morales, instalado en la que fuera la casa del poeta modernista y donde se exhibe una buena colección de objetos relacionados con el gran cantor del Atlántico. Otros edificios son la Heredad de Aguas y distintas viviendas que hacen del uso de la cantería de Arucas un elemento de homogeneización.

Uno de los edificios de mayor interés del municipio es la ermita vieja de San Bartolomé, en Fontanales, levantada en 1872 posee en su entorno varias construcciones de la época; cercana a ella, en la iglesia nueva se puede contemplar la imagen del santo, realizada por Luján Pérez. Las viviendas rurales de arquitectura tradicional están presentes en todo el municipio, con cubiertas de teja árabe o francesa. El patrimonio etnográfico también es de enorme interés, con un variado repertorio de eras, cantoneras, molinos, acueductos, pozos, etc. Por su pintoresquismo, en la zona de la costa destaca el barrio de El Roque, con sus abigarradas casas distribuidas a ambos lados de la calle, construidas  sobre el estrecho espolón que se adentra en el mar.

El centro de la villa celebra anualmente las fiestas principales en honor a San Antonio de Padua, con una célebre romería, mientras las celebraciones de la Virgen titular, La Candelaria, son en febrero. En el pago de Fontanales conmemoran a San Bartolomé Apóstol en agosto, santo que de antiguo es invocado como protector de los campos y abogado contra las plagas de cigarras.


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