Los arquitectos

Ante la ausencia de un elevado número de arquitectos en los primeros tres siglos posteriores a la colonización –en la isla trabajan desde fechas tempranas el sevillano Pedro de Llerena, Juan Palacios, Martín Barea-, dejó casi todos los aspectos relacionados con el urbanismo de Las Palmas y otros lugares de relevancia insular en manos de ingenieros militares. Los últimos influyeron en crear una arquitectura influenciada por sus estudios y experiencias conforme a los estilos pujantes en ese período, muy alejados de la tradición mudéjar de considerable presencia en la isla. Algunos de los ingenieros más destacados en sus realizaciones arquitectónicas fueron Próspero Casola que trazó la antigua fachada de la catedral; Francisco Lapierre que interviene en la construcción del Colegio de los Jesuitas; Antonio de la Rocha que rediseña la basílica de Teror; y Miguel Hermosilla y su concepción arquitectónica para la catedral, aunque muchos de estos proyectos no trascendieron del mero papel.

El caso de Diego Nicolás Eduardo (y luego, Luján Pérez) es una curiosa excepción que se superpone a la extensa nómina de arquitectos llamados a intervenir en la construcción de la catedral. De la mano de esta última influencia, el tipo de iglesia abovedada se generaliza a partir del neoclasicismo y se proyecta hasta el siglo XX, destacando templos como los de Gáldar o Agüimes.

Ya sea porque los proyectos se redactaran fuera de las islas (recuerden las actuaciones de Francisco Jareño) o que los arquitectos que trabajan ya desde la segunda mitad del siglo XIX, vinieran de la Península (es el caso de Manuel de Oraá, primer arquitecto provincial, o de Laureano Arroyo), la producción arquitectónica culta estuvo siempre influida por la cultura arquitectónica exterior; de hecho, en los momentos de mayor presencia comercial británica, proyectarán en las islas arquitectos como James Mclaren. Evidentemente, el que los primeros arquitectos nacidos aquí estudiaran en Madrid (el artista Manuel Ponce de León y más tarde, Fernando Navarro) y en Barcelona, hacía que se introdujera un cierto debate arquitectónico en medio de la pobreza cultural de la escasa burguesía de las dos capitales, que, en cualquier caso, era un conocimiento de importación.


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