En esta obra pictórica sobre tabla se representa una escena de gran intimidad familiar en la Virgen María, contemplando embelesada el sueño plácido de su hijo Jesús sobre unas sábanas blancas. Esta escena se desarrolla en un fondo neutro oscuro, sobre el que destaca la luminosidad de las carnaciones del Niño Jesús y la luz que emana de la cabeza de la Virgen. Este contraste entre luces y sombras recuerda a la teatralidad presente en el Barroco andaluz.

El Niño Jesús, rubio y de formas rollizas, aparece situado en un primer plano en un marcado escorzo. Su madre aparece tras él ataviada con un traje rojo y un manto azul. Destaca la delicadeza en el tratamiento del velo transparente con pliegues muy marcados que recuerdan un poco a la pintura flamenca.

El autor de esta pieza pictórica, Cristóbal Hernández de Quintana, es un referente fundamental a la hora de entender la pintura del siglo XVIII en Canarias, sin embargo, su figura y su obra cayeron en el olvido hasta llegar el siglo XX, que es cuando diferentes estudiosos empiezan a analizar su producción y darle el lugar meritorio que le corresponde.

Existen dos claras influencias en su producción pictórica: la Escuela Andaluza de principios del S.XVII, concretamente del pintor Juan de Roelas, del que contamos en la Catedral de Santa Ana con una obra pictórica de gran calidad como es el óleo sobre lienzo “Santa Catalina de Alejandría”, y la influencia de la pintura flamenca del siglo XV en el tratamiento de las transparencias y el aspecto rígido de los pliegues de los ropajes de los personajes representados. Otra de las influencias habituales en los pintores de aquella época era el estudio de grabados, dibujos y estampas que llegaban a Canarias desde los centros de producción artística del centro de Europa.

No siempre los artistas podían viajar y formarse en el extranjero, pero a través de los grabados, que sí podían trasladarse con más facilidad, se conocían las manifestaciones artísticas más avanzadas y se posibilitaba su estudio y aplicación a su producción. Durero o Van Borcht sirvieron de inspiración para algunas de sus pinturas.

Como es lógico su producción es de carácter religioso, ya que la Iglesia era su principal cliente, y supo transmitir a sus obras una gran dulzura y suavidad espiritual. Los tipos humanos representados no son dramáticos, sino muy equilibrados, y muestran un mundo apacible y sencillo en contacto con una religiosidad interior. Su estilo se caracteriza por un dominio del dibujo sobre el color, aunque con el paso del tiempo, como muestra esta obra en concreto, terminan por fundirse con gran sutileza ambos elementos. Destaca el uso de una paleta de colores muy luminosos donde prevalecen los blancos, grises, ocres, rojos y azules. En el caso de las carnaciones femeninas, como el de esta Virgen María que con gran delicadeza mira a su hijo, utiliza un matiz ligeramente azulado que aporta una gran belleza.