En el margen derecho del barranco de la Aldea se localizan varias casas y algunos túmulos, que constituyen los restos visibles de lo que fue uno de los poblados de mayor envergadura de toda Gran Canaria. La densidad de casas lleva a considerar la existencia de un cierto entramado que organizara o distribuyera los diferentes ámbitos que integraban el poblado.

En este espacio no sólo hay constancia de recintos habitacionales, sino también de otras construcciones. A este poblado, como sucede en otros conjuntos, se asocia una zona de necrópolis que ha aportado información sobre la jerarquía funeraria aborigen.

Grau Bassas habla en la zona de unas construcciones diferentes a las viviendas, explicando que “entre estos goros aparece uno más notable que llaman los naturales la Yglesia y consiste en dos goros reunidos y precediendo a sus entradas una gran cerca con su entrada mirando al mar".

La mayor parte de las casas muestran una planta circular u oval en el exterior, mientras que la morfología interior más frecuente es la cruciforme. En los años ochenta se llevaron a cabo una serie de excavaciones arqueológicas en dos construcciones tumulares de este complejo: Caserones y Lomo de Caserones. Dichos trabajos pusieron de manifiesto diversos depósitos primarios de gran interés que aportaban nuevos puntos de vista en torno a las prácticas funerarias prehispánicas de Gran Canaria. A tal efecto, en dichos túmulos pudo comprobarse la reiteración de ciertas pautas en lo que a la ordenación del espacio sepulcral se refiere. En los dos casos, el área central del recinto mortuorio se encuentra ocupada por un individuo adulto masculino; a esta cista principal se asocian otras que acogían a sujetos femeninos adultos, así como individuos infantiles.

Esta ordenación jerárquica no sólo fue documentada en lo que respecta a la posición ocupada por cada uno de los enterramientos, sino también a partir de los sistemas constructivos de cada uno de los espacios destinados a esta finalidad. Algunos de estos enclaves proporcionaron fechas de carbono 14 que permiten su ubicación temporal. El túmulo de los Caserones arrojó una fecha de 810 d.C. Sin embargo, son los espacios habitacionales los que han aportado un conjunto de dataciones que ponen de manifiesto la amplitud cronológica de este asentamiento, ya que van desde el 60 d.C. hasta, posiblemente, fechas inmediatamente anteriores a la Conquista hispana.