La Iglesia de San Francisco de Borja es el ejemplo más significativo de la arquitectura religiosa barroca en Canarias. Inaugurada en 1754, fue la última de las Iglesias históricas que se elevó en Las Palmas de Gran Canaria y su cúpula representó una novedad arquitectónica introducida por los jesuitas en Canarias. La decoración pictórica fue realizada por el pintor grancanario Francisco de Rojas y Paz (1700-1756), quien no pudo inspirarse en modelos previos en Canarias, ni para la técnica al fresco ni para el estudio de la perspectiva, de ahí la relevancia de estas pinturas.

La historia de esta Iglesia está vinculada a la Compañía de Jesús cuya presencia en las islas se remonta al siglo XVI. La construcción del edificio actual se inició en 1724 y en la primera fase de la misma intervinieron varios maestros de obra y de cantería locales, pero posteriormente se consultó al arquitecto Hermano Francisco Gómez, que era quien se ocupaba de supervisar las construcciones de iglesias de la Orden en diferentes ciudades de la Península. Hasta bien entrado el siglo XIX y con excepción de la Catedral de Santa Ana, la Basílica de Nuestra Señora del Pino en Teror o la Iglesia de la Concepción en La Orotava, se había preferido la instalación de techos mudéjares. Esto explica que apenas existan bóvedas o cúpulas decoradas al fresco en las islas y dota de un carácter especial a estas pinturas que cubren la cúpula y las pechinas que se elevan sobre el crucero de esta Iglesia de planta de cruz latina.

Es una representación de gloria compuesta por un total de ocho escenas separadas por falsos nervios, donde se narra el tema de la Asunción de la Virgen como tema principal. A su alrededor se representan a santos jesuitas. Partiendo de la izquierda de la Virgen aparecen San Francisco Javier, San Juan Francisco de Regis, San Estanislao de Kostka, tres Santos mártires, San Luis Gonzaga, San Francisco de Borja y San Ignacio de Loyola. Las representaciones de estos santos muestran una estructura muy similar y algo monótona ya que aparecen todos ellos de rodillas sobre nubes. Los únicos elementos que varían son los atributos que identifican a cada personaje.

La iconografía elegida era complicada de plasmar desde un punto de vista plástico ya que tres de los santos representados, San Estanislao de Kostka, San Juan Francisco de Regis y San Luis Gonzaga, fueron canonizados en pleno siglo XVIII, por lo que sus fuentes de inspiración serían muy limitadas. Este hecho explica por qué se recrea más en los elementos secundarios que acompañan a la representación que en la imagen de los santos principales.

En la zona de las pechinas se representa a los cuatro evangelistas, San Marcos, San Lucas, San Juan y San Mateo. Desde un punto de vista formal se observa una diferente concepción, ya que, frente a la sencillez, serenidad y quietud de las decoraciones de la Cúpula, en las pechinas hay un enorme dinamismo y una mayor sensación de amplitud e intensidad de color. Las representaciones de los evangelistas recuerdan a las existentes en la Iglesia de San Juan de Dios en Granada y que puede deberse a la presencia de algún grabado o estampa que le sirviese de referencia o inspiración, ya que las ilustraciones eran una herramienta de trabajo eficaz en los talleres de la época y permitía a los artistas acercarse a las novedades artísticas que se estaban desarrollando en otras ciudades.