La imagen del Santo Cristo de la Vera Cruz es una escultura de bulto redondo realizada en madera de pino canario y policromada al óleo. Es obra del escultor guíense José Luján Pérez. Esta pieza, entronizada en la Parroquia Matriz de San Agustín en Las Palmas de Gran Canaria, vino a sustituir a otro Cristo de la Vera Cruz del siglo XVI. Esta primitiva imagen se veneraba en una pequeña ermita levantada alrededor de 1524 por el Concejo Municipal, en las inmediaciones del Palacio de Justicia.

El antiguo Cristo de la Vera Cruz era una imagen procedente de México, realizada con la técnica utilizada por los indios tarascos, "Titzingueri", en la que como soporte material se utilizaba una especie de pasta formada por cañas descortezadas enteras y trituradas y maderas blandas. Esta imagen comenzó a recibir culto y el arraigo devocional creció tanto que pasó a ser señalada como el Patrono de la capital grancanaria. En 1664 se establecen en la ciudad los frailes agustinos y el Ayuntamiento les cede el oratorio municipal y se encargaron de custodiar y atender la portería donde se entronizaba esta imagen. Pero con el paso de los años la imagen sufrió un enorme deterioro y en 1778 se cubrió con un velo negro para adecentar su exposición al culto. Desde el último tercio del siglo XVIII la imagen no podía salir en procesión, ya que así lo prohibían el Deán y el Cabildo Catedral por lo que la Cofradía de los “Hermanos Esclavos del Cristo de la Vera Cruz”, fundada en el siglo XVI, encargan una nueva imagen al escultor Luján Pérez, que tenía su taller muy cerca, en la calle Santa Bárbara. La nueva imagen se encarga en 1812 y se termina en 1813, pero los frailes agustinos se oponen a esta sustitución por lo que debe intervenir el Obispo Verdugo. Tras estos avatares la imagen realizada por Luján Pérez fue colocada y bendecida en febrero de 1814.

Luján Pérez desarrolla su actividad artística en un momento de inflexión. Por un lado, está la tradición que repite y agota los repertorios estéticos del lenguaje Barroco y, por otra parte, los nuevos postulados estéticos que aportan la doctrina académica y el lenguaje neoclásico. Conciliar ambos estilos fue un reto para los artistas de su tiempo. Con sus obras escultóricas supo renovar la escultura que se producía en las islas, hasta el punto de convertirse en el único imaginero que mantiene taller abierto y trabaja con regularidad. Sin caer en los convencionalismos que conocía, aportó a sus creaciones una apariencia que lo acercan a la obra de maestros peninsulares, tales como Francisco Salzillo o Salvador Carmona. Como resultado de la popularidad que alcanzaron sus obras, se alentó el rechazo hacia elementos que habían caracterizado a la escultura barroca, dando paso a formas elegantes y mesuradas, así como la contención expresiva.

Dentro de su producción destaca la iconografía de los Cristos crucificados, muy relacionados con el ciclo de la Pasión y la Semana Santa. Si bien se considera que el Cristo Crucificado de la Sala Capitular de la Catedral de Santa Ana es la pieza con la que alcanza la perfección, el Cristo de la Vera Cruz es una obra de gran calidad técnica, realizada al final de su vida, ya que muere en 1815. Se muestra a Cristo en el momento de la muerte en la cruz con los párpados bajos y una actitud plácida. Su cabeza gira hacia su derecha y el cuerpo se curva ligeramente. Su anatomía está bien estudiada y las carnaciones son delicadas. Otras esculturas donde desarrolla esta iconografía podemos encontrarlas en las iglesias de Santa María de Guía y la de San Miguel Arcángel de Valsequillo.